Cómo evitar los rumores y los bulos en caso de atentado

Empieza a ser demasiado frecuente. Cuando se produce un atentado los bulos y los rumores infundados se convierten en los contenidos más compartidos.

Si el terrorismo es violencia para provocar miedo, e intimidación, influir en la toma de decisiones y cambiar las conductas, difundir bulos que aumentan el miedo es ayudar a los terroristas. Cada uno de nosotros debe tenerlo claro cuando lanza un mensaje. Pero los medios de comunicación aún más. Es una responsabilidad social que debe ser inquebrantable pero la urgencia y la “espectacularización” de la información han destruido ese pilar del periodismo. El resto lo hace la insensatez de muchas personas que se hacen protagonistas efímeras en las redes sociales con sus mentiras.

 

 

Uno de los que tuvo más difusión fue el del presunto incendio de la Torre Eiffel de París, que miles de personas retuitearon sin hacer el menor esfuerzo de comprobación.

Ciertamente las redes sociales también sirvieron el día 14 de julio para crear redes de solidaridad, salvar vidas y reunir a personas que la confusión había separado pero los rumores en momentos de crisis –y su administración- son fundamentales para la creación de un clima social: los terroristas lo saben y lo utilizan.

En todas estas situaciones se producen dos dinámicas sociales: el estupor y la corriente de solidaridad. Y una tercera muy peligrosa los rumores.

En una situación de pánico (un ataque inesperado en un contexto inesperado para esa situación) se produce un primer momento de negación: “no pasa nada” y luego la gran mayoría entran en el aturdimiento, llenos de estupor. La gran mayoría de la gente no reacciona y explica cómo una sola persona puede provocar masacres como las de Niza u Orlando.

Pero pasados estos momentos llega la administración de una situación de máxima incertidumbre, que provoca ansiedad en las personas. Y cuando estamos en una situación de extrema tensión necesitamos contarlo. Y llegan los rumores.

 

Los rumores

 

Un rumor es una información falsa, parcial o poco verificada.

En todas estas situaciones llegan desde diferentes vertientes: un universo temático es quién tuvo la culpa. En el atentado de Niza se sirvieron rumores falsos sobre la identidad.

El segundo sería “se va a repetir” y un tercero sería la transformación de una información inicial fiable  en otra completamente falsa..

Esto ocurrió el martes 17 de noviembre. El partido entre Holanda y Alemania en Hannover fue suspendido por “indicios reales” de la preparación de un atentado.

Pero decenas de miles de mensajes en las redes sociales hablaron de que se había localizado una ambulancia llena de explosivos cerca del estadio. Y se hicieron eco numerosos medios, como Le Figaro francés.

En Niza, el presunto ataque sobre la Torre Eifell, siete mil personas retuitearon este tuit.

 

El combustible de los rumores es el clima de tensión y la ansiedad (evidentemente muy alto en estos momentos), la cantidad de personas que se hacen eco (casi todo el mundo habla de ello), la confusión o ambigüedad de la situación (en un primer instante no se sabe con exactitud lo que ocurre) y la credibilidad de la fuente (al llegar por muchas fuentes distintas y algunas conocidas se crea una ilusión de verosimilitud).

La velocidad a la que se difunden las informaciones negativas es muy superior al de la transmisión de noticias positivas. De ahí que una de las actuaciones fundamentales para evitar la extensión del pánico en estas situaciones es insistir en las informaciones positivas. Tardan más en llegar luego hay que repetirlas más.

 

La comunicación

 

La comunicación es clave para atajar este fenómeno del rumor en caso de incertidumbre o de posibilidad de pánico en la población.

Es necesario cortar esa inercia social  de transformación de una información previa real en un bulo. Primero los ciudadanos y sobre todo los periodistas debemos cortar esa cadena de información no contrastada.  Hay que atender a la credibilidad de la fuente.

 El periodista Miguel Ángel Aguilar repite mucho una frase que define esta situación: “si en la inundación informativa, los medios no son el agua potable han firmado su certificado de defunción”.

Después, desde las  cuentas de las instancias oficiales en la redes sociales y con mensajes a los influenciadores para que difundan numerosas veces la información real, y con más énfasis en las tranquilizadoras.

Si es posible hay que anticiparse a los rumores. Si la información completa y sin ambigüedades desde fuentes oficiales “sacia” la sed de noticias que provoca la incertidumbre no hay sitio para los bulos. Cuando hay silencio, falta de información, el hueco lo rellena cualquiera.

Hay que ofrecer toda la información posible en tres aspectos: qué ha ocurrido, qué puede ocurrir, qué debemos hacer todos para enfrentarnos a lo que puede ocurrir.

Y un aspecto fundamental: la responsabilidad personal. Ayudemos con lo que está en nuestra mano. Si podemos ayudar con mensajes de auxilio y solidaridad, perfecto. Si no, hay que cuidar la verosimilitud de la información que transmitimos, comprobarla en fuentes fiables y si no estamos seguros, parar el rumor e incluso interrogar a quien difunde el bulo para que quede en evidencia la falsedad. Si le han engañado, buscará comprobar y ayudará a desmentir. Si no, hay que denunciar su actuación.

 

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